domingo, junio 16, 2013

ÉL



Por años nunca vi a mi padre como realmente es.
Mi padre era el que llegaba de trabajar mugroso y oliendo feo, nos llevaba apurados por la mañana a la escuela, con sus grandes zancadas que nos obligaban a seguirle el paso corriendo. Era el que nos regañaba cuando nos portábamos mal y cuando hacíamos algo realmente malo nos corregía con mano dura y sin remordimiento.
Era al último que quería ver a primera hora de la mañana y al último que me interesaba ver  al final de la noche. Por muchos años mi papá fue el tirano de mis cuentos… pero siempre estuvo ahí.
Tengo que admitir que durante mi infancia mi padre nunca fue mi héroe, no reconocía cosas que quisiera emular y más que respeto lo que hasta cierto punto me inspiraba era miedo.
Conforme fueron pasando los años mi padre se convirtió más en una figura decorativa de mi casa. Si necesitábamos algo corríamos con mi madre y él sólo estaba ahí… sólo estaba ahí.
Nunca tuve grandes ni profundas conversaciones con él y mientras fui creciendo me fui dando cuenta que no teníamos tantas cosas en común. A pesar de que tuvimos la oportunidad de estar juntos mucho tiempo, pues en varias ocasiones trabajé para él como chalan de tablaroquero, nunca me sentí enteramente conectado con ese hombre que, por alguna razón, amaba ese trabajo obrero que yo tanto detestaba…
Y pasaron los años y pasó la vida y yo siempre juré que no quería ser como aquel hombre sucio que llegaba a casa a recostarse y dormir temprano. Ese hombre que era tan diferente de mí y con el cual sólo compartía el techo y la aberración al fútbol…
Pero esos pensamientos hace mucho que se fueron, porque fue el mismo pasar de los años los que me mostraron que él siempre estuvo ahí… en las buenas y en las malas, siempre estuvo con nosotros. Tal vez como ese mueble de la sala que nadie mueve y parece que nos observa a todos, pero no dice nada… así era mi padre, silencioso y expectante.
No tengo palabras suficientes para arrepentirme de todo lo que sentí en su momento, mas no lo hago porque fue esa ceguera la que ahora, cuando es realmente importante notarlo, me permite ver al gran hombre que ha influenciado mi vida desde el momento en que recibí el mismo nombre que él, y mucho antes que eso.
Hoy vengo a escribir para honrar a Gustavo González Martínez, el hombre que nos llevaba apurado por las mañanas a la escuela porque tenía que regresar a desayunar para irse a trabajar. El que se esforzaba hasta el cansancio para hacer las cosas rápido y bien en lo que mejor sabía hacer, que es su oficio. El que llegaba por la noche cansado y sudoroso a descansar para recuperar fuerza para el siguiente día. El que nos mostró la importancia de ser buenos y nos inculcó que actuar mal siempre viene con una consecuencia…
El que tuvo un padre alcohólico que lo corrió de su casa cuando era joven. El que a pesar de vivir en una de las zonas más marginales de su tiempo no se dejó influenciar por las malas compañías y encontró en Krishna una manera de mantenerse a raya de los problemas.
Ese hombre al que le debo el gusto por el ajedrez, los videojuegos, Jethro Tull y Pink Floyd. El que me enseñó que no es lo que eres en la vida lo que importa, sino cómo vives ese tiempo que los dioses te regalaron. Ese hombre que me invitó a probar lo difícil que es ganarse la vida sin estudios e hizo todo lo que estuvo en sus manos para que no corriéramos con su misma suerte. El que en algún extraño y lejano momento dijo en una conversación: “yo quiero que mis hijos sean mejores que yo”. Ese hombre es mi padre. El que quiere que seamos mejores, el que quiere que seamos felices. Ese hombre que a pesar de los malos momentos, de las malas rachas y las pésimas… siempre estuvo ahí, nunca nos abandonó.
Tengo tanto que aprender de mi padre… a pesar de todos sus errores y defectos, me gustaría llegar a ser la mitad del hombre que es él.

Hare Krishna
Hare Krishna
Krishna Krishna
Hare Hare
Hare Rama
Hare Rama
Rama Rama
Hare Hare